Hablar de mi cocina sin hablar de Dori sería imposible.
Con ella aprendí recetas, sí, pero sería demasiado poco decir que simplemente me enseñó a cocinar.
Dori me enseñó a comer.
A mirar un plato, preguntar, probar, prestar atención a un detalle y volver a un restaurante por una salsa, una textura o una forma de servir algo. Y, sobre todo, me enseñó a gozar comiendo.
Tuve la suerte de compartir con ella restaurantes increíbles, algunos de los mejores del mundo. Pero nunca sentí que el disfrute dependiera de cuánto costaba una comida. Podíamos emocionarnos con algo extraordinario en un gran restaurante y, con la misma intensidad, con unos fideos con salsa rosa hechos en casa.
De ella me quedó la curiosidad, el ojo, la pasión y esa necesidad de entender qué hace que algo esté realmente rico.
Muchas de sus recetas nunca estuvieron escritas. Las aprendí mirando, probando y cocinando a su lado. Y también aprendí de ella esa parte de la cocina que no se mide: la intuición.
Probar, mirar, ajustar. Sentir que todavía falta algo aunque no sepas inmediatamente qué. Darle una vuelta más. Y otra si hace falta.
Hasta que está perfecto.
Esa forma de cocinar vive en mí todos los días.

Hablemos →
















